domingo, 27 de junio de 2010

La Divina Comedia: Ciudad de Cristal (III)

La casa de Sergio y Espe era la leche. Ocupaba toda la segunda planta de un pequeño edificio, vestigio de la Sevilla más antigua, a un tiro de piedra de la Encarnación. Estaba decorada de una forma juvenil y moderna, prácticamente sacada de una página del catálogo de Ikea, pero aún así olía todo todavía a fotos sepia mezclado con madera vieja. Pero lo que más me llamó la atención fue el suelo. Aún conservaba la solería original; juegos geométricos de triángulos, pentágonos, y cuadrados descoloridos por las pisadas del tiempo, con cientos de arañazos, raspados y arrugas. Aquel piso era una anciana vestida de universitaria.
Me invitaron a sentarme en el sofá verde oliva, que hacía juego con el resto del decorado y me sirvieron un ron con cola. Tomaron asiento y la charla comenzó, previa conexión de la cadena de música, que empezó a susurrar Enrique Bunbury.
Hablamos de los llamados buenos tiempo, de la gente que conocimos en el instituto y de cómo les iba ahora. Mientras escuchaba, una parte de mí reflexionaba sobre el consejo que Paul me había dado un rato antes y supe que, al igual que un personaje de una novela, para entender mi situación actual debía comprender quién había sido yo y cómo había llegado hasta ahí, así que atender a las historias de otros igual me ayudaba a mi propia recapitulación.
El animalario empezó con Miguel Ángel, el criminal nº1 de nuestra clase en la E.S.O, típico camorrista cuya misión en la vida era incordiar al profesorado, a sus compañeros y a todo el que se le pusiera a tiro, amén de quemar papeleras, sabotear exámenes y meterse en una o dos peleas al mes. Lo normal para su rol. El chaval, como era de esperar, abandonó los estudios al llegar a Bachillerato y se dedicó a ayudar a su padre en la empresa de mudanzas en la que trabajaba. Eso era lo último que yo había legado a saber de él y, la pura verdad es que nunca me interesó lo más mínimo lo que le pasara. Nunca volví a pensar en él hasta el momento que Esperanza lo sacó a conversación.
"Por lo visto estuvo trabajando cargando y descargando muebles hasta que un día, en una de esas mudanzas, conoció a una chica de buena familia que estudiaba Derecho y se estaba independizando. Se gustaron, se enamoraron y se fue a vivir con ella".
"Qué pelotazo", dijo Sergio.
Naturalmente no era el final de la historia. Mejoró aún más. el suegro de Miguel Ángel le ofreció la oportunidad de estudiar de nuevo, pero el chaval se negó rotundamente; no se sentía capacitado para retomar una vida estudiantil que jamás había querido y decidió continuar trabajando. Pero el suegro, que le había cogido mucho cariño y estaba empeñado en mejorar su calidad de vida, insistió en darle oportunidades. Finalmente lo contrató como chofer personal.
"¿Chofer?", pregunté. "Madre, pero ¿en qué trabaja ese tío?"
"Nueva Rumasa".
El tema era, cuanto menos, curioso. Típico inútil se enamora de partidazo pero, he aquí que los padres de la chica no son ogros y aceptan con los brazos abiertos al delincuente juvenil, ahora reconvertido en responsable enchaquetado. El amor, ese gran culpable de grandes giros argumentales que te lleva de cargar muebles a conducir un BMW mientras vives con una rubia inteligente.
De pronto sonó Lady Gaga en la radio y por un momento me desconcerté.
"A mí me parece una injusticia", dijo Sergio.
"¿Por qué?"
"Porque hay gente que se esfuerza mucho y no logra nada y luego tiene que aguantar a pringaos que tienen la vida solucionada por enchufe".
"Injusticia es que maten a tu hijo y le echen dos años de cárcel al asesino. Esto es, simple y llanamente, la vida y sus golpes de suerte. Me vas a decir que si a ti te ofrecieran la solución a tus problemas no la ibas a aceptar porque otros han sacado más notas".
Hipócritademierdaquevivedeputamadreenunpisopagadoporpapá, pensé, pero no lo dije. Sonreí.
"No sé, no sé", respondió él, agitando la mano.
"Ale tiene razón, cari, hay que dar las gracias por los golpes de buena suerte porque luego vienen los de mala suerte", dijo Espe plantándole un sonoro beso en la mejilla.
"Yo me alegro por Miguel Ángel". De todo corazón.
"Y yo, y yo", dijo Sergio.
Ya, claro.
"A mí me parece más curioso lo de Marcos", dijo Espe. Marcos era otro como Miguel Ángel, pero no tan intenso. "Cuando terminó el instituto, no hizo nada... hasta que de pronto se hizo policía. Bueno, no tan de pronto. Estuvo unos años preparándose y al final lo consiguió. De delincuente juvenil a policía".
"Como un personaje de comic", dije.
De Marcos pasamos a Anabel, matrícula de honor habitual en química; Rosa, regente de un bar de copas de éxito con su novio; Carlos, se mudó a Granada con su familia y estudia alguna ingeniería; Jorge, audiovisuales; Diego, Elena, Carmen, Cristina y Alberto son fisioterapuetuas; María, la otra Carmen, Maite, Isabel son ya maestras de escuela. El repaso continuó y los éxitos de cada uno flotaban en el ambiente con la misma densidad que el ambientador de limón que había enchufado por alguna parte. Ahora U2 amenizaba la sesión de terapia.
Finalmente, llegamos a mí.
"Bueno, ¿pero qué hay de ti, Ale? Si te digo la verdad, no sé que hiciste después de selectividad".
"Yo tampoco".
Rieron. Me encanta que la gente me ría las bromas que son mitad coña, mitad sincera verdad, porque ni ellos ni yo sabemos de cuál de las dos mitades nos carcajeamos.
"A ver, cuéntanos", insistió Sergio.
"Pues... al acabar bachillerato yo creía que quería ser científico. Había hecho el bachiller de ciencias de la salud porque me molaba más la rama de la vida que la de ciencias puras, aunque saqué unas notas pésimas. Quería dedicarme a la botánica o algo. Quizás crear un ejército de plantas inteligentes que me ayudaran a dominar el mundo". No se rieron con eso. "Finalmente vi que la opción más viable era Ingeniería Técnica Agrícola, así que me matriculé ahí".
La realidad era que me matriculé en aquel coñazo de carrera porque no tuve, ni de cerca, nota suficiente para entrar en lo que yo había deseado de verdad: Audiovisuales.
"Estuve un curso entero, esforzándome en sacarlo adelante pese a que me consumía el alma estar allí y, al final, no me quedó más remedio que tirar la toalla y meterme en otra cosa".
"¿Entonces?"
"Filología".
"Oh... eso es para ser profesor, ¿no?", dijo Sergio.
"Entre otras cosas".
"Sí, pero más que nada profesor, ¿no?", dijo Espe.
"Sí, entre otras más cosas".
Asintieron, pero no creo que me escucharan. Continué.
"Realmente fue una decisión lógica, pero a la vez extraña. Siempre me gustó contar cosas, hablar, escribir, investigar... Así que vi correcta la elección de tomar como carrera aquella que se dedicaba a leer y analizar textos, así como el lenguaje. Pero siempre me gustó la literatura anglosajona más que la española - aunque ahora le aprecio muchísimo más -, por lo que decidí meterme en Filología Inglesa. Además, allí tenía a mis colegas Rosso y Alexander, por lo que aburrirme, no me aburriría".
"Alexander era el hijo de la Charo Parejo, ¿no? Estaba claro que aprobaba todo porque tenía enchufe", opinó Sergio, quien poco a poco me iba cayendo cada vez peor.
"Lo cierto es que Alex te daba mil vueltas en todo, no sé si te acuerdas de ese detalle".
Sergio se quedó callado, mirándome mientras meditaba si le acaba de atacar o solamente era una de esas bromas mías que no se sabe si hablo en serio o no. Naturalmente le estaba atacando: nadie se mete con mis Bro's sin que su dignidad lo pague.
No le di mucho tiempo a pensar, porque seguí hablando. De pronto me di cuenta que estaba contándome mi vida a mí mismo más que a ellos, y me gustó aquella sensación. Hablaba para mí; Sergio y Esperanza eran puro atrezzo.
"Allí estoy desde entonces, leyendo cosas chulas y cosas aburridas, escribiendo... Dedicándome a las letras,, en plan artista bohemio, básicamente. Gané el primer certamen de relatos de ciencia-ficción de la facultad de filología, por cierto. Bueno, quedé segundo. El primero fue Rodríguez-Izquierdo, un querido profesor que se jubiló, pero que ahora es alumno porque estudia otra carrera - de verdad, cuando ese tipo se muera, su alma seguirá yendo a clase. Ganó con una relato repelente, pero mi compadre Esteban, en cuya palabra confío with my life, había estado metido en el asunto y me dijo que le dieron el primer premio a él como "homenaje" y "consolación" porque siempre se presentaba a estas cosas y perdía. ¡Victoria moral para Candle! ¡El único logro importante que tengo en mi vida es un mp3 de dos gigas que me dieron como premio! Pero al final fue una mierda porque no nos publicaron los relatos, tal y como prometió la Universidad de Sevilla, esa entidad que siempre antepone su nombre y el money a la promoción de la cultura. ¿Os he comentado alguna vez que creo que el rector es el mal? No, claro que no, no os he visto en... 5 ó 6 años y la verdad es que nunca fuimos amigos. De hecho sé que os metíais conmigo a muerte. ¡Pero qué más da! Me va como el culo en la carrera. Todo el mundo tira hacia delante y yo estoy estancado en mí mismo... pero al menos "mí mismo" es guay. Debo ser retrasado mental o algo así porque haga lo que haga, estudie mucho o me toque los huevos, saco siempre 4,5 en casi todas las materias. Apruebo a trompicones, estoy gordo y mis romances son más o menos igual de patéticos. Soy un romántico de mierda y por ello me llueven los palos con más frecuencia que al Betis y, aunque luego voy de cínico, sigo siendo un moñas que nunca aprenderá. No me dura una novia más de unos meses y siempre me las busco lejos. Cuanto más lejos, más enamorado estoy. Soy un triste, pero, hey, tengo un sentido del humor que te cagas, los mejores amigos del mundo y el pelo rizado. Y entiendo Lost. ¿Qué más se puede pedir? Ah, sí. Otro cubata, por favor".
Creo que hubiera tenido un orgasmo si en aquel momento hubiera pasado uno de esos arbustos rodantes de las películas del oeste, pero sí que fue genial escuchar un perro ladrar en la lejanía. Algo es algo.
"Bueno... pues... yo te veo bien", dijo al fin Esperanza.
"Gracias, no sabes cuanto significa", dije. Con sinceridad, lo juro. Unas buenas palabras después de una autoflagelación siempre son agradables.
Sergio se levantó y fue a la cocina.
"Un ron-cola más sí que te puedo poner".
"Te lo agradezco".
"¿Sabes?", continuó diciendo,"no eres el único al que le va mal. A mí no me concedieron la beca el año pasado y me tuve que poner a trabajar. Fue una putada. Y, bueno, en asuntos de pareja, todo el mundo tiene problemas de vez en cuando".
Esperanza le echó una mirada asesina de la que el pobre Sergio no se percató.
"¿Problemas?", preguntó ella, como si la palabra se hubiera quedado corta.
"Problemas, roces..."
"¿Roces?". El tono fue mucho más agresivo.
De pronto caí en la cuenta de que la parejita feliz había ocultado hasta ahora una tensión extraña que ahora amenazaba con romper. Hice memoria y me sorprendió no ver nada a lo largo de la noche que me hiciera pensar que tenían problemas. Sinceramente, fue una agradable sorpresa. Y yo un mezquino.
Esperanza se incorporó y entró en su habitación.
Entonces me di cuenta. ¡Su habitación! Habitaban la casa juntos pero vivían y dormían en habitaciones separadas... Definitivamente, no eran lo que aparentaban.
"Ven un momento, Sergio", dijo ella.
"¿Qué?, ¿Qué pasa?"
"Ven, por favor", dijo, sentándose en la cama.
"¿Qué pasa ahora?", insistió Sergio desde la cocina. Me dejó el vaso de ron delante de mí y entró en la habitación con su novia. Le di un buen trago. Uno bien largo.
Ella se mantuvo en silencio un instante y luego se levantó, se acercó, me dijo discúlpanos un momento, por favor, y cerró la puerta.
Y allí me quedé yo, sentado en el sofá, con mi nuevo ron-cola a medio acabar, solo, mirando la puerta de la habitación de Esperanza sin la debida cara de circunstancia porque, la verdad, me la pelaba bastante. No mentiré diciendo que no me daba curiosidad saber el motivo de aquel repentino pronto. Pensé varias teorías y mi favorita fue que Espe se había ido dando cuenta poco a poco que Sergio era gilipollas y que aquella revelación había hecho bastante más difícil la conviviencia, provocando tensiones en la vida diaria que se saldaban de vez en cuando con peleas cada vez más gordas. Probablemente había discutido aquella misma tarde y esperanza aún andaba resentida, por lo que habría interpretado la ligereza de Sergio al usar la palabra "problemas" como un ataque hacia la seriedad con la que ella se estaba tomando todo el asunto.
Pero vamos, que esa era una de mis teorías.
Igual a la chica le había dado un calentón y necesitaba un polvo rápido.
Di un sorbo al ron y me recliné, observándo la sala una vez más.
Desde el cuarto no se oía nada; era imposible adivinar si estaban discutiendo u otra actividad aún más pornográfica, así que me sentí un poco incómodo. Me levanté y me asomé por el gran ventanal que daba a la Sevilla de 1925. ¿Qué hora era? Las tres. Ni un alma en la calle. Estarían todas rezando en la Alfalfa o en la Alameda. Me pregunté que estarían haciendo Paul, Thomas y Catulo, pero me fue imposible sacar una ínfima conclusión. Lo más que llegaba era a vérmelos con vasos largos en la mano, con la espalda apoyada en alguna pared poco transitada, contándose historias increíbles y escondiendo la bebida a cada paso de la patrulla de la policía. Me imaginé a Marcos poniéndole una multa a Paul Auster.
"... porque eres un imbécil", oí de pronto.
Vale. Estaban discutiendo.
Las palabras fueron subiendo de tono y volumen hasta que pude escuchar perfectamente los gritos e insultos que se regalaban el uno al otro. Qué lindo todo.
Si hay algo de lo que se puede estar seguro en esta vida es que las apariencias engañan. Sí o sí.
Decidí que era el momento de marcharse. Estaba harto de estar allí y, francamente, intuía que nunca volvería a ver a estos dos, así que no me iba a quedar esperando que terminaran con su discusión marital (que terminaría en divorcio, seguramente), pero tampoco había necesidad de ser descortés. Cogí un papel y un boli de Cajasol y escribí una pequeña nota:

Ha sido un placer veros (a pesar de todo) y recordar tiempos afortunadamente pasados. Si nos vemos en otra vida, os invito a los dos roncolas que os debo. 

Sergio, pese a que has dicho algunas cosas sabias esta noche, eres un capullo y acabo de recordar que en el instituto me caías desproporcionadamente mal. No olvido, sin embargo, tus palabras. 

Espe, eres buena chica, pero serías la leche (y quizás más libre) si no fueras tan políticamente correcta.

Un abrazo.

Apuré el vaso (pensando que hubo una época en mi vida en la que ni se me hubiera ocurrido escribir algo semejante), lo dejé en el fregadero y salí sin hacer mucho ruido. Me hacía gracia largarme en plan ninja y dejarles discutir con la incómoda sensación de que había alguien allí con ellos.
Salí a la calle con la sensación de haberme quitado un peso de encima. El aire me parecía más limpio y estaba extrañamente activo, con ganas de hacer algo, así que saqué el móvil para llamar a Paul y unirme a la fiesta decadente de escritores molones que debía haber por algún rincón del casco antiguo.
Tenía tal sensación de paz espiritual que no me molestó para nada ver que me había quedado sin batería en el móvil y que no podría localizar a mi colega. Ni siquiera al darme cuenta que estaba a una hora andando de mi casa y que no tenía transporte.
Bueno, vale. Un poco sí que me picó.
"Bah".
Me encogí de hombros y me puse a caminar calle arriba, en dirección a mi dulce, dulce hogar. La noche estaba exquisita y el paseo se me fue haciendo idílico por momentos. Me gustaba aquello. El momento, yo y el paisaje urbano. No creo que haga falta decir cuan bella es Sevilla cuando duerme. Como todas las chicas guapas.

No encendí el Ipod.
Me apetecía estar en silencio.


fin